Las rutinas nunca han sido lo mío. Por eso empezó a gustarme el subir y bajar a mi propio ritmo. El divertirme siendo sensual y divertida. Al principio solía improvisar una y otra vez mostrando lo mucho que disfrutaba mi trabajo, eso atrajo muchos clientes y mis ingresos subieron; pero el dueño quería algo diferente. Aunque mis propinas bajaron, se convirtió en su fetiche verme volar una y otra vez en la misma dirección. Lo que alguna vez fue mi actividad favorita, pasó a convertirse en un martirio. Sé que debe a algunos pasos tan complicados como “la desnucadora” o “el pretzel” deben parecerles tan interesantes que siempre quieren verlos. Pero hoy quería otra cosa. Fui a visitar a una amiga a su trabajo esta tarde. Y lo vi. Justo enfrente de su tienda de raspados, un tubo del ancho perfecto, sostenido justo para darme 3 metros de libertad pura. Así que comencé a divertirme. Empecé a mostrarle uno tras otro mis nuevos trucos. “Ahí va ‘el helicoptero invertido’” le dije mientras me lanzaba al aire. Pero algo salió mal. Cuando mi pierna debía deslizarse casi horizontal sobre el piso, la banqueta me hizo darme cuenta de que ese tubo no era profesional. No sólo se rompió mi precioso tacón dorado, sino mi dedo también. La rutina no estuvo allí para salvarme de mi misma.
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